domingo, 1 de diciembre de 2013
Las terrazas de los bares, una realidad difícil de entender
Para que lo entienda un alienígena cualquiera : las terrazas de los bares son unos sitios donde está permitido que la abuela que se te sienta a menos de medio metro se ponga a llamar a su nieta a grito pelado o que el vecino de la mesa de al lado exhale humos tóxicos para enviarlos directamente bajo tu nariz. Todo, sin cortarse un pelo; claro.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Alto nivel sonoro, adicción y negocio
El constante entretenimiento de la atención con banalidades sonoras está más extendido y es más valorado que cualquier uso selectivo de la escucha. La elección concreta de un determinado contenido sonoro con la finalidad de dedicarle toda la consciencia es una práctica rara. Puede parecer normal estudiar, leer, escribir o practicar yoga con música de fondo. Si por normal se entiende que lo hace la mayoría de la gente, en ese sentido, lo será solo si eso es lo que de verdad ocurre. No existen datos para sostenerlo con total seguridad. Debería ser sorprendente encontrar gente convencida de que todo el mundo habría de aceptarlo en cualquier situación, máxime, cuando no tenemos ninguna necesidad vital de estar constantemente sumergidos en un baño de música. A veces imagino una entidad no humana inteligente buscando explicación a esas extrañas y estructuradas vibraciones elásticas del aire, a menudo simétricas en diversos órdenes de magnitud y manando de cajas negras de marcado campo electromagnético variable, cercanas a los diedros y triedros de las estructuras arquitectónicas subterráneas donde unas largas máquinas tubulares trajinadoras de gente se detienen de vez en cuando con cierta regularidad. Encontraría lo mismo en otros transportes, grandes superficies, bares, clínicas, salas de espera, celebraciones deportivas; por todas partes. ¿Cómo la entenderían los delfines, los chimpancés o la entienden perros, gatos, moscas, mosquitos? En mi ensueño, tarda mucho en comprender que la esencia de ese sonido, lejos de ser resultado de la disipación propia de los procesos mecánicos directamente relacionados con esas actividades, es de una naturaleza paralela y completamente independiente: la estética. Arbitrariedad, capricho, pulsión, ¿de dónde proviene la tensión que conduce en tantas situaciones a considerar casi incuestionable que la música deba estar perennemente sonando y, mejor, si es a alto nivel?
Por descontado, no puedo dar respuestas generales; pero sí es cierto que existen formas de negocio que podrían estarse beneficiando de esa práctica y hasta contribuir en su incentivo. Parece haber correlación entre el incremento del consumo de alcohol y los niveles altos de la música. Más concretamente, los resultados de ciertas experiencias muestran que los altos niveles de intensidad de sonido llevan al incremento del consumo de alcohol y, también, a la reducción del tiempo medio invertido en apurar las copas en los bares. Casi todas las noches en casi todos los bares de la tierra ocurren simultáneamente dos cosas : una es que las luces se atenúan y la otra, que la música se intensifica. Es la señal de que acaba de dar comienzo la noche. Ya hemos visto cómo la subida del nivel de intensidad de sonido obliga a gritar y que el grito lleva así mismo al grito aún mayor. Se trata de una realimentación positiva cuyo único mecanismo de control es la resistencia de las cuerdas vocales. Al cabo de un rato de luz baja y música alta, un bar cualquiera termina sonando más fuerte que una excavadora a unos metros de distancia, así que, en su interior, la gente termina muda o autista tras claudicar en sus intentos naturales de comunicación y dedicando su atención primordialmente al contenido de sus copas. No puedo imaginar un propietario de bar nocturno que no espere ese momento. La gente que se sienta a hablar alrededor de una mesa con sus copas no son tan buen negocio como los que, mudos, unos frente a otros, siguen el ritmo de la música con sus cabezas. No sólo lo cuentan los estudios académicos a los que uno accede de vez en cuando. Lo escuché decir una vez a una camarera en un bar del puerto Tabatinga, justo en medio del Amazonas, cuando ya tiene un kilómetro de ancho. El bar donde habíamos tomado unos refrescos antes de empezar nuestras sesiones de grabación era bastante tranquilo. Unos lugareños jugaban a las cartas y Carlos se decía “cómo sería esto de bonito si no hubiera música”. Al menos, pensaba yo, no estaba tan fuerte como los bares de Leticia. Sonaba algo que no sabría cómo denominar. Internacional, tal vez. Canciones como de Eurovisión y otras cosas parecidas, todas bastante vulgares. Sea como fuere, mucho menos fuerte y distinta de la que luego oiríamos resonar por todo el puerto. Como el de Leticia, este se escuchaba sumido en una pelea de vallenatos, reguetones y quién sabe qué otras especies. Poquísima salsa y canción melódica brasileña. Desde luego, nada de samba ni bossa-nova. Allí no había lugar para sutilezas. Un sonido que superaba el nivel de la mayoría es el de las puertas de las camionetas de los transportistas de tierra y sus trajines : golpes sobre la chapa de sus vehículos, motores que arrancaban, otros que paraban, cajas que entraban y salían, sacos que se depositaban sobre el piso metálico. El martilleo de las balsas flotantes de avituallamiento y los golpes sobre los contenedores se reflejaban en la fachada de madera de la casa de atrás, una cuyo único componente metálico era una antena parabólica dispuesta horizontalmente sobre su tejado. Estábamos cuatro grados al sur del Ecuador. Como siempre, algún niño corría y gritaba. También algún adulto lo hacía. Los menos ruidosos, los porteadores : al enfocar la atención en ellos, parecían personajes de una película con una banda sonora equivocada. Remontaban silenciosos el lecho del río cargados con inmensos sacos de cebollas más grandes que ellos. Casi seguro que pesaban más. Se servían de una cinta para tirar del saco también con la frente. El paso de unos pocos años así terminaría silenciosamente con su columna. Escogimos una posición para la grabación en el extremo sur del malecón de Tabatinga, muy cerca del agua. Tras de nosotros, a ocho metros escasos, un chiringuito atronaba con vallenatos que, por la confusión con las otras músicas, se me antojaban entonces como corridos mexicanos. Cosas de la percepción alterada, seguramente. Para mis adentros me decía que aquello parecería ser el caso opuesto al de la privación sensorial. Tiene sentido pensar que la saturación de los sentidos es capaz de producir efectos perceptivos emparentados con los de la privación. Un chorro de sonido omnipresente y aún mas intenso que el generador eléctrico que rabiaba justo enfrente de mi vista hacía que el subir y bajar de la gente de las barcazas no pudiera ser asociado a señal acústica alguna. La música lo enmascaraba casi todo. Aparte del generador, procedente del muelle flotante que tenía ante mí, destacaba una música melódica como las de Eurovisión. Tan intenso era mi entorno cercano que, a pesar de verlas transitar río arriba y abajo, no se escuchaban los motores de las embarcaciones. Otra vez esa sensación de estar ante una película con una banda sonora incoherente. Llovía un poco. Se notaba en el agua, pero, claro, no se oía. Tras un cuarto de hora de toma de sonido ambiental, por primera vez en esa tarde un pájaro se dejaba oír. Muy rítmico, no paraba de dar vueltas a mi alrededor. Luego paró, pero tras un trueno fuerte, dio nuevamente paso a su letanía. Hacía años que no veía el arco Iris. De repente me descubría pensando que había tenido que ir al Amazonas para verlo de nuevo por encima de una barraca de la que salía un chorro acústico de tortura compuesto de vallenatos, chucuchucus y corridos, de un Kitsch tan solo comparable al de las canciones de Eurovisión que me llegaban desde el lado opuesto. Una tercera música caribeña, pero bien colonizada por acordes de cuatro notas, a lo Berklee, entraba en conflicto con las anteriores. Imposible determinar el ritmo. ¡Tan confuso era el ambiente! Sólo podía identificar el acordeón. Sería vallenato. Casi lo hubiera asegurado, pero, finalmente, al comprobar con mis propios ojos que el pájaro en cuestión no era otra cosa que una rana, decidí que mejor dejar pasar los tres minutos de grabación que nos quedaban y no luchar más tratando de escuchar. Mi oído estaba extenuado. Como mi mente. De hecho, no sé si existe alguna diferencia entre el uno y la otra. Al entrar en la explanada del puerto, algo más lejos del agua, no me sorprendió comprobar que la fuente de vallenato no era única : cada uno de los más de cuarenta chiringuitos expulsaba a todo trapo su propio vallenato, reguetón o lo que fuera, por medio de amplificadores Fender monofónicos de 500 Watt para guitarra o bajo. Con el botón de volumen esclerotizado en su posición más alta, por supuesto. Estábamos sedientos otra vez y nos sentamos a tomar algo en una de las cuarenta y pico terrazas. Ninguna era ideal, así que no dudamos demasiado. Tanto daba. La explanada estaba llena de gente, así que escogimos la primera que encontramos con una mesa libre. El Fender de turno, literalmente, ladraba, pero el del chiringuito de al lado, también. No había opción. Junto a nosotros, un grupo de cuatro colonos, sentados a una mesa en cuya superficie ya no cabían más botellas de cerveza, se miraban sonrientes. Por el suelo también había botellas de cerveza de litro. Por supuesto que no hablaban. No podían. No podíamos nadie de los sentados en aquella terraza. De pié y algo hieráticas, sin dinero para sentarse y tomar algo, unas indias de una etnia que no supe identificar parecían perplejas. ¿Sería por nuestra apariencia de extranjeros o por el follón aquel que no había quien lo aguantara? Al levantarnos a pagar, junto al Fender rabioso, Carlos preguntó a voces a la camarera : “¿por qué ponéis el volumen tan fuerte?”. Sin apenas un gesto en la cara y señalando a la mesa de los colonos, dijo : “por los borrachos...”; e, impertérrita, se fue a otra cosa.
sábado, 31 de agosto de 2013
Niveles altos de intensidad de sonido y el sistema inmune
Entre
los desarreglos relacionados con el exceso de vibración mecánica
del aire, sonido, en muchos casos, es incluso posible hallar
reacciones desmesuradas y graves del sistema inmune. No es una
exageración. Una vez, en Santa Cruz de Tenerife, durante la
preparación de un concierto de Côclea -Transcursus Finisterrae lo
habíamos titulado-, el personal técnico no encontraba la forma de
hacer sonar el equipo de sonido, cuyas dimensiones eran excesivas
para el propósito de la ocasión. Iban ellos nerviosos de un lado a
otro desconectando y reconectando cables sin éxito aparente. La
señal entraba normalmente en la mesa de mezclas, pero algo hacía
que los altavoces no produjeran el más mínimo soplo. Entre los
cientos de barreras posibles, alguna debía permanecer cerrada e
invisible a los ojos de un profesional poco conocedor de aquellas
herramientas. Estábamos a principios de los años 90. Es un hecho
más o menos comentado que en la España de aquella época, aún
cualquier transportista podía convertirse en técnico de sonido.
Bastaba con que adquiriera el equipo y lo llevara y trajera de aquí
para allá junto a los músicos de la orquesta de turno. Ni ellos ni
los managers tenían conocimiento ni experiencia suficiente para
exigir más de lo que les ofrecían. Quizá a causa del clima que
permitía cosas así, hubo también por aquel entonces en Catalunya
un Director General de Promoción Cultural que, no encontrando mejor
forma de discriminar entre las propuestas musicales de la época y
así canalizar los más bien escasos medios económicos, estableció
criterios de distinción cultural, política y estratégica, incluso
estética, entre la música amplificada y la que no necesitaba de ese
recurso. Tal vez estábamos pensando en ello, precisamente, o puede,
también, en aquella sonrisa afable y socarrona de John Cage, al fin
de una entrevista en Espai Poble Nou, donde dejaba entender que no le
parecía demasiado probable que a alguien se le ocurriera cometer la
temeridad de seguir sus mismos pasos, cuando, de la forma más
repentina y violenta que he experimentado en toda mi vida, una
bofetada de sonido me arrancó del ensimismamiento. Sólo una vez
tuve una experiencia comparable, aunque algo menos intensa. Fue
bastantes años antes, en el Mont Sant, la noche en que un rayo, cual
látigo cósmico, azotara la calzada frente a los cristales
protectores del bar de carretera al que habíamos ido a guarecernos
de la tormenta. Probablemente, el usuario anterior habría dejado los
canales boqueados y el técnico, justo en ese momento y casi por
casualidad, encontraba el botoncito general extraviado que los
desbloqueaba todos. Algo ensordecido, pero entero, al levantarme para
pedir que en lo sucesivo se tomaran las precauciones adecuadas, me
pareció que algo le ocurría a Clara. El ataque la había
sorprendido cuando se hallaba a menos de un metro de un altavoz
gigantesco. Su cara estaba muy roja y experimentaba una asfixia
moderada. En el estado de confusión provocado por aquella agresión,
la sensación debía ser bastante angustiosa. La posible gravedad del
desarrollo ulterior de los acontecimientos nos obligó a abandonar la
preparación del concierto en aquel punto para buscar un servicio de
urgencias a toda velocidad. Por suerte, la administración de un
corticoide puso rápidamente fin al episodio, con todos sus síntomas
excepto el acúfeno enorme que no quiso abandonarla hasta al cabo de
unas horas. Como éramos jóvenes, pudimos dar normalmente el
concierto por la noche. Sin embargo, aquel día fuimos conscientes de
que había dado comienzo nuestro viaje ineludible a la sordera.
¿ Dolor de oídos? ¡No pasa nada, hombre!
El dolor de oídos no es siempre considerado un factor
negativo. No son raros los conciertos donde
alcanzar el umbral del dolor es un factor apreciado por el público y
los organizadores. A finales de octubre de 2009, al terminar la
primera campaña de toma de sonido en el Trapecio Amazónico para
Sonidos en Causa,
los integrantes de la Orquesta del Caos fuimos invitados a asistir a
la gala popular de un concurso de vestidos en la Plaza de Toros de
Cartagena de Indias. Estaba claro que se trataba de un evento
cultural importante, donde es de suponer que no se había escatimado
medios y recursos para que fuera un éxito. El tránsito desde el
exterior de la Plaza a la zona de seguridad que nos habían asignado
estaba atestado de gente. Caben unas 15000 personas en esa plaza.
Difícil saber cuántas había porque el ruedo estaba lleno y las
plazas se contabilizan por asientos. Pongamos unos cuantos miles. En
un extremo de la arena, aunque sin llegar a tocar la valla,
prolongada hasta el centro de la plaza por la pasarela y conformando
así una cruz, el escenario, como es costumbre en los eventos
masivos, aparecía flanqueado por altísimas y amenazadoras torres
negras de altavoces, en este caso, algo anticuados y sin marca
aparente. Era una P. A.1
en toda regla, que, ya al entrar, aunque inactiva, prometía todo
tipo de excesos. Por eso, en cuanto me vi confinado junto a las
autoridades y el jurado en un reducido recinto a menos de 15 metros
de una de las columnas de altavoces y no demasiado cerca de la
pasarela, me eché a temblar. Estuve un buen rato buscando la mejor
forma de huir de aquello, pero no era posible : por motivos de
seguridad era mejor que no nos aventuráramos más allá del vallado,
nos aseguraron los guardias. ¿Qué hacíamos allí, en pleno ruedo y
casi entre bastidores, si una perspectiva general y elevada hubiera
sido mucho más apropiada a las tareas del jurado? No estaba claro,
pero lo cierto es que por algún motivo alguien había tomado la
decisión y allí estábamos. O bien nadie había tenido en cuenta la
proximidad de los altavoces o bien ello había sido considerado
positivo. La maquinaria se puso en funcionamiento. Entre uno y otro
pase de modelos actuaban las bandas más conocidas de la ciudad. Casi
todo música latina, esa noche también hubo lugar para la música
electrónica de baile. A mi juicio, ese toque de modernidad no estuvo
demasiado acertado, pero desde el punto de vista aural, daba
exactamente igual. El sonido incisivo de los instrumentos de viento
taladraba el tímpano tanto como la onda cuadrada de los
sintetizadores. Desde el punto de vista de la molestia, nada tenían
que envidiar al noise extremo. No puedo calcular demasiado bien cómo
se escucharía en el extremo opuesto de la plaza, pero, a juzgar por
el ademán de no pocos, sí puedo decir que, en aquella parcela de la
arena, a más de uno le dolía. El sonido no tenía muchos graves.
Seguro que portaba mucha energía en zonas especialmente sensibles
del espectro. Me llamó la atención que el entorno próximo a la
alcaldesa, todos amabilísimos, por cierto, parecía encantado. Igual
que el jurado, compuesto principalmente por gente de la moda, la
literatura y el periodismo. Muchos bailaban. Se sentían felices de
compartir el evento. Aunque bastantes protegían sus oídos, pocos
parecían seriamente afectados por la agresión de la que estábamos
siendo objeto. Alguien tuvo la aparente benevolencia de explicar que
aquel volumen de sonido era lo que el ambiente festivo requería y
que eso hacía sentir bien a la gente, aunque doliera un poco,
porque, además, ¿quién tenía necesidad de hablar, allí? Visto
así, el mensaje era claro : si no te gusta que te duela el oído, te
vas a tener que aguantar, porque aquí a todo el mundo le parece bien
que así sea. Más allá de que, en general, cuando un estímulo
duele, lo juicioso es no insistir en él, he aquí una interesante
forma de exclusión. En el fondo, de germen de fascismo, por más que
cueste admitirlo. Mientras la música sonaba, la comunicación era
imposible : tratar de comentar con tu vecino que convendría ponerse
a cubierto era, simplemente, ocioso. Cualquier grito, por fuerte que
se profiriera, quedaba ahogado antes de llegar al exterior. Para
hablar, era necesario esperar a los pases de modelos, donde, a pesar
de lo agudo de la ecualización, la voz del presentador, un barítono
de entonación chavista, al fin y al cabo más indulgente que la
música, nos permitía un poco de respiro. Pasamos unas horas así, a
la merced de las ráfagas de sonido, hasta que a alguien del grupo se
le ocurrió comprar galletas a un vendedor ambulante. Creo que fue
Carlos Gómez. No habíamos tenido tiempo de cenar. Comprimido a mano
en forma de bolitas, el fino papel del envoltorio hizo perfectamente
las veces de tapón para los oídos. Respiramos por fin. Ya podíamos
movernos, bailar y sonreír, sin decir nada, por supuesto, como todo
el mundo. Igual que el consumo de tabaco crea fumadores pasivos con
riesgos elevados de cáncer y enfermedades cardiovasculares varias,
el de según qué música genera sordos pasivos, desorientados y, a
la larga, consintientes de cualquier tropelía, que, en el fondo, es
de lo que parece que se trata.
1P. A. son las siglas de Public Address y se emplea genéricamente para aludir a los sistemas apilados de altavoces dispuestos a ambos lados de la escena.
Desechos materiales y morales
Casi 20 años después de su publicación, volviendo de Bogotá el 3 de Noviembre de 2009, tomé notas, porque las ideas se adaptaban perfectamente a la realidad. Lo habían sido antes y continúan siéndolo ahora, unos años después. Seguro que pasará mucho tiempo antes de que caduquen. Parece que no hayamos aprendido nada ni vayamos a hacerlo.
"Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales."
Octavio Paz . La búsqueda del presente. Conferencia del Premio Nobel de Literatura.
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martes, 27 de agosto de 2013
Cultura, poder político y poder económico
La volatilización del apoyo del poder político a la cultura en beneficio de la influencia del poder económico es síntoma al tiempo que metáfora de la evolución del equilibrio que entre esas fuerzas viene dándose desde el cambio de milenio y antes en todas las áreas de la realidad humana. Se desvanece así el sueño de una creación concebida como ejercicio y pedagogía de la libertad para dar paso a la imagen asfixiante de una creatividad eternamente dependiente y a la merced de los caprichos de quienes antepusieron el sacrificio de su propia libertad a un dudoso imaginario de dominio.
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jueves, 1 de agosto de 2013
Discurso de Rajoy del Primero de Agosto de 2013
"No me consta" (Fin de cita)
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