domingo, 3 de mayo de 2009
Perplejidad y contenidos en los medios de comunicación
Los artículos de los periódicos me ponen medio perplejo. Hoy había uno en el País de un señor, Agustín Fernández Mallo, que, en pleno debate sobre la reducción de la publicidad en televisión, defendía la clásica argumentación de que la publicidad es fantástica, que recoge lo mejor de la creación contemporánea. Daba cantidad de referencias para justificarse. Pero el problema no está en lo buena o lo mala que sea formalmente la publicidad. La cuestión está en que por muy buena que sea, te la hacen tragar a mitad de un programa que alguien corta sin mirar dónde y en que, quizá peor, te la repiten hasta la saciedad. Una cosa buena repetida varias veces deja de ser buena porque harta. Lo grave de la publicidad es que es un hartazgo. Lo peor, que supone un ataque a la libertad. Más allá de la excelencia del arte de expresar una idea en 20 segundos, conviene poner de manifiesto el hecho de que la probabilidad de que abras la tele y te encuentres un anuncio raya en lo vergonzoso. Si tan buena es, que la incluyan en la programación, sin cortar programas y que se haga público cuándo vaya a salir. A ver a qué niveles llega la audiencia en esos espacios de programación. Y al hilo de la argumentación de las consideraciones acerca de los mejores cocineros del mundo, ¿cómo no va a estar lo mejorcito de la creación en la publicidad si es un terreno donde se invierte lo que se invierte? Si se invirtiera más en otros productos menos interesados, quizá también fueran mejores, ¿no? El problema general no es la calidad de los productos sino qué productos son los que merecen inversión de energía y cuáles no.
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martes, 21 de abril de 2009
4 cocineros españoles entre los 10 mejores del mundo
La vanguardia publica en su primera página la noticia. Muy bien. Si así lo hacen, será porque se sienten ufanos de ello ; seguramente, coinciden con gran parte del país. ¿Y cómo es que tenemos cuatro cocineros entre los diez más apreciados? Pues porque hemos invertido en cocina. ¿Será que las ayudas de la comunidad europea se invirtieron en comidas de alto copete?
No puedo asegurarlo. No hay pruebas, pero lo que sí está claro es que si se hubieran invertido en ciencia, arte y humanidades, ahora podríamos publicar en todos los media del mundo entero que estamos entre los primeros de todo eso.
¿Será que muy pocos nos sentiríamos orgullosos de ello?
No puedo asegurarlo. No hay pruebas, pero lo que sí está claro es que si se hubieran invertido en ciencia, arte y humanidades, ahora podríamos publicar en todos los media del mundo entero que estamos entre los primeros de todo eso.
¿Será que muy pocos nos sentiríamos orgullosos de ello?
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viernes, 3 de abril de 2009
Ciencia y cultura en el VI Campus Euroamericano. Buenos Aires. Marzo 2009
El Dr. Eudald Carbonell, que en su disertación insistió en la exponencialidad convergente del crecimiento de la población y del poder intelectual de la especie humana, así como en la fiabilidad de los logaritmos aplicados a los datos obtenidos por los científicos, concluyó defendiendo que el principio de autoridad y la jerarquía habían cumplido ya su función evolutiva y que ya no eran necesarias. Abundó en ello al afirmar que la falta de líderes carismáticos como los de antes era un signo que debía ser interpretado positivamente.
Ante estas consideraciones no tendría yo nada que objetar, si no fuera que, a pesar de su incontestable sensatez, la participación en el VI Campus Euroamericano de los profesores Cereijido, Wagensberg, Carbonell y otros invitados estuvo teñida de matices jerárquicos.
Por otra parte, qué pensar, si a pesar de coincidir con el Dr. Wagensberg en algo tan cargado de sentido común como que la pretensión de autorregulabilidad del mercado no puede ser más que, en el mejor de los casos, una muestra de inmadurez, Carbonell terminó abogando por un paradigma cultural donde la racionalidad que caracteriza el pensamiento científico debe ser el factor mutante que ha caracterizar la evolución ulterior de la cultura y con ella, de la especie. Según esa línea de pensamiento, la cultura humana debería asumir la idea de que la responsabilidad de la toma de decisiones es materia científica, ya que, según apostilló Wagensberg en el coloquio, la ciencia es la parte del conocimiento humano menos sometida a los avatares de la ideología. Qué pensar de todo ello, si la convergencia de las funciones exponenciales sólo se da cuando la variable decrece, al contrario del caso considerado por Carbonell y los logaritmos a los que se refería, creo yo, eran, más bien, por el contexto, en sentido laxo, algoritmos, procedimientos de tratamiento de datos.
Con el anumerismo manifiesto en el interior del propio discurso como contexto, aunque sin pretender menoscabar el valor del trabajo incontestable del gran personaje científico que es Carbonell, me cuestiono profundamente acerca de la validez de cualesquiera argumentaciones marcadas por la fascinación casi mágica por el arcano poder de los números. Los números sin pasión tienen el mismo valor que la pasión sin números.
Ante estas consideraciones no tendría yo nada que objetar, si no fuera que, a pesar de su incontestable sensatez, la participación en el VI Campus Euroamericano de los profesores Cereijido, Wagensberg, Carbonell y otros invitados estuvo teñida de matices jerárquicos.
Por otra parte, qué pensar, si a pesar de coincidir con el Dr. Wagensberg en algo tan cargado de sentido común como que la pretensión de autorregulabilidad del mercado no puede ser más que, en el mejor de los casos, una muestra de inmadurez, Carbonell terminó abogando por un paradigma cultural donde la racionalidad que caracteriza el pensamiento científico debe ser el factor mutante que ha caracterizar la evolución ulterior de la cultura y con ella, de la especie. Según esa línea de pensamiento, la cultura humana debería asumir la idea de que la responsabilidad de la toma de decisiones es materia científica, ya que, según apostilló Wagensberg en el coloquio, la ciencia es la parte del conocimiento humano menos sometida a los avatares de la ideología. Qué pensar de todo ello, si la convergencia de las funciones exponenciales sólo se da cuando la variable decrece, al contrario del caso considerado por Carbonell y los logaritmos a los que se refería, creo yo, eran, más bien, por el contexto, en sentido laxo, algoritmos, procedimientos de tratamiento de datos.
Con el anumerismo manifiesto en el interior del propio discurso como contexto, aunque sin pretender menoscabar el valor del trabajo incontestable del gran personaje científico que es Carbonell, me cuestiono profundamente acerca de la validez de cualesquiera argumentaciones marcadas por la fascinación casi mágica por el arcano poder de los números. Los números sin pasión tienen el mismo valor que la pasión sin números.
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lunes, 16 de marzo de 2009
Fumar o no fumar

Me siento en la terraza de un bar no sólo porque hace buen tiempo. En el interior se permite fumar. Pero, claro, afuera, también. Por eso no me extraña sentir el aroma del tabaco quemado por la señora de la mesa de al lado, que enciende un cigarrillo tras otro, en esta hora de mañana de domingo que he escogido para mi contacto semanal con la prensa medioambientalmente irrespetuosa. No me extraña, pero me molesta, porque la brisa lo introduce directamente en mi nariz, por más que yo no quiera aspirarlo. Estoy obligado a respirar todos los compuestos, aromáticos y cancerígenos, unos, inodoros y peligrosamente adictivos, otros, que la señora en cuestión introduce voluntariamente -y, presumo, por probabilidad, con profundo desconocimiento- en sus pulmones, para tapizar con alquitranes bien adherentes su tejido alveolar, aquel lugar hipervascularizado donde la sangre toma del aire entrante el oxígeno para llevarlo a las células de todo el cuerpo. Más tarde, mejor, casi inmediatamente, lo utilizarán para almacenar la energía que necesita cualquier cosa que se pueda pensar que nuestros cuerpos hacen. Eso es respirar. El caso es que yo, exfumador, toxicómano, como todos aquéllos -muchos, somos- con dependencia al tabaco, me veo obligado a dejar mi soleada mesa si no quiero aspirar la mezcla, entre otras cosas peores, resucitadora de dependencia. Si los alcohólicos que deciden dejar de beber no pueden tomar cerveza sin alcohol, bajo riesgo de caer nuevamente en las garras de su dependencia, los exfumadores también corremos riesgo de caer en las de la nuestra si inhalamos humo de la combustión de tabaco. Pero, ¿qué mal puede haber en ello, si la preocupación de las autoridades por la salud de los pulmones -y de paso, del corazón y de todo el resto del cuerpo- de quienes no fumamos, dependientes o no, parece nula? Diríase que a ellas los riesgos de nuestra salud ni les molestan ni les extrañan. Desengañémonos : sólo están interesados en suscribir la extrema permisividad al tabaco de nuestras autoridades hispanas quienes sufren dependencia y no la combaten. Son los aliados incondicionales de las empresas tabacaleras. Los demás, tanto quienes lo hemos dejado tras arduas luchas con nosotros mismos, como quienes tienen la grandísima suerte de no haber necesitado nunca el tránsito mortal de ese gas por sus pulmones, somos invlunerables a la prohibición de fumar. No nos afecta. Así es como, en virtud de la salvaguardia de la libertad de quienes sienten esa tan irracional y tan humana necesidad destructora, para con ellos mismos y para con todo su entorno, nos convertimos en objeto de su dictadura.
sábado, 28 de febrero de 2009
Las ayudas a la cultura

Si no lo he manifestado antes, debería haberlo hecho. La cultura, la de investigación, al menos, debe ser apoyada a fondo perdido, como la investigación científica. Integramente. Es un asunto de estado. Por varias razones. La mas superficial es que las subvenciones a cualquier otra cosa que no sea cultura se consideran fundamentales para el desarrollo. Existen en todos los ámbitos y son sensiblemente superiores a las que se otorgan a cultura. Sirven, se dediquen o no a la investigación, para que los ámbitos donde se aplican florezcan, ya que sin ayuda económica, permanecerían para siempre en la misma situación. Y eso, todo el mundo lo sabe, equivale a involucionar, especialmente, en el contexto de un sistema que, por definición, incentiva el crecimiento. Si la industria recibe enormes cantidades de dinero, si los bancos son apoyados directamente por el estado, si la agricultura ha recibido ingentes cantidades de dinero por dejar de cultivar, ¿por qué no dar soporte amplio a las producciones culturales? ¿No está suficientemente probado que las ayudas oficiales han sido fundamentales para que el deporte español se halle en la primera línea mundial, tal como le corresponde al desarrollo económico de nuestro país? Si ocurre con el deporte, ¿por qué no esperar lo mismo en la cultura?. Desde el punto de vista de la lógica tradicional de la productividad, en términos de crecimiento económico o, incluso, del interés general, cada vez más frecuentemente considerado valor intrínseco, a veces, hasta de intercambio, como la cultura de investigación no es de interés económico ni del público, entonces, la inversión de energías en ella no es eficaz. No vale la pena tenerla en cuenta entre los intereses prioritarios, de manera que cualquier ayuda económica destinada a ella es sospechosa. La sospecha debe naturalmente asociarse a la culpa y la adjudicación de subvenciones a la cultura no deja de ser sospechosa de mal empleo de recursos. Ahí esta la culpa y de ella procede, creo yo, la inexplicable retención manifiesta en las ayudas a la cultura, que, a pesar de ser las más insignificantes, son las más cuestionadas, especialmente en tiempos de crisis, precisamente, cuando la predisposición a la culpa se agranda y parece justificar las irracionalidades más patentes y perversas.
Ganarás el pan con el sudor de tu frente, dice la tradición. Mantiene, además, que todo el mundo suda, menos quienes se dedican a la cultura. Ellos gozan, en cambio, y eso jamás debe ser premiado. Al contrario : planea aún sobre nuestras cabezas la idea de que debería ser castigado. Quienes trabajan en cosas serias y productivas o muy aceptadas por la mayoría, no gozan, sufren, y ello les dignifica. Deben, pues, ser premiados. Así es la formulación completa de ese supuesto, morador distinguido del imaginario de las sociedades opulentas. Y, claro, ¿cómo justificar la adjudicación de ayudas -procedentes del esfuerzo de quienes sufren- al goce de un atajo de vagos? Cuentan que en tiempos de la última guerra europea, en los controles populares, los callos en las manos tenían valor de salvoconducto. La ausencia de ellos, motivo de retención y todo lo que ella podía implicar. No hemos superado ese sentimiento. Ahora, quienes gozan con su actividad laboral pagan el alto precio de disponer de menos medios que los demás.
¿No está aún claro para todo el mundo que la investigación en la generación de productos culturales es de utilidad para el desarrollo de las sociedades que la promueven? ¿No es útil el conjunto de los productos de investigación cultural para el afianzamiento del prestigio internacional de esas sociedades? Si tan baratos son, en comparación con los procedentes de otros ámbitos, ¿por qué correr el riesgo de dejarlos morir de inanición? Pero, ¿es ello considerado como riesgo o como objetivo?
Las cosas se valoran tanto más interesantes, cuanto mayor es la cantidad de gente interesada en ellas. El auge del nacionalsocialismo tuvo refrendo popular. Deberíamos disponer de mecanismos de control de esa tendencia a dar por buenas las cosas sólo por el hecho de ser preferidas por la mayoría. La perfusión amplia de los productos culturales, de investigación o no, contribuye en el desarrollo del espíritu crítico y de la independencia de pensamiento, quizá los únicos antídotos eficaces contra las patologías sociales fruto de la realimentación de procesos metabólicos de la información en los sistemas masivos de comunicación. Una sociedad opulenta consciente de ello debería considerar el soporte pleno a la totalidad de los productos culturales.
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martes, 17 de febrero de 2009
Los tiempos cambian! Cambian?
Los tiempos cambian. Ahora, cuando voy en metro, aprovecho para recoger el correo de la mañana, escribo mis sms imprescindibles y, si hace falta, hago llanadas urgentes. Si queda tiempo, escribo mis impresiones del momento, como ésta. Y el periódico? Bueno, también podría leerlo en el móvil, pero prefiero hacerlo en el ordenador del despacho. La pantalla es mas grande. En cualquier caso, se acabó el matar árboles! Antes... Bueno, quién recuerda cómo lo hacíamos antes?
martes, 10 de febrero de 2009
Sobre la publicidad encartada en los periódicos
Compras el periódico en el quiosco porque haces un trayecto de metro largo. De esa forma aprovechas el tiempo, ya que luego, cuando al llegar al despacho te sientas al ordenador, deberías hacer otras cosas. Así que, al entrar en el vagón, medio sofocado, si tienes suerte, te sientas. Vas siempre cargado con algo, así que, si no fuera porque te interesa verdaderamente saber qué pasó mientras dormías, el periódico, de dimensiones algo incómodas, sería un engorro. A pesar del incordio, haces un esfuerzo por abrirlo y das inicio a la lectura. Las noticias, de por sí, ya no son demasiado buenas, porque la prensa tiende a contar más los desastres que las cosas positivas. En realidad, no sé por qué tengo ganas de entrentarme a ese mar de horrores cada mañana. Por otra parte, los artículos de fondo acostumbran a tratar temas demasiado mundanos para mi, generalmente relacionados con la política, que parece que encandila al respetable, pero cuando tocan mi especialidad, la música, me da la impresión de que el articulista no tiene ni idea de lo que habla. Salvo honrosas y escasísimas excepciones, sea cual sea el tema, música o cuaquier otra cosa, piensas que cualquiera podía haber escrito aquello. Pero en fin, haces el esfuerzo de la lectura para estar al día de lo que pasa a la gente, de lo que piensa, de cómo es. De como somos, en fin. Es un acto de disciplina que hago muy a gusto. En principio. El problema se manifiesta cuando del interior del periódico surge un folleto de propaganda que no te interesa nada, pero que estás obligado a mantener contigo, porque no vas a dejarlo tirado por ahi, en algún asiento o, peor, por el suelo. No te queda más remedio que quedártelo con la esperanza de que al salir del coche se te aparezca una bentita papelera donde echarlo. Pero no. No hay muchas papeleras en el metro ; además, si vas leyendo, no las ves. Por eso, continuas el trayecto con el papelucho colgando, no sin dejar de sentir el incordio que te impide leer tranquilamente ni de pensar en lo que le acostumbraría a pasar por la cabeza al genio que ideó la campaña publicitaria en cuestión. Por fin sales a la calle. Hace viento. Ves la papelera un poco lejos, pero modificas tu ruta para deshacerte del muerto en cuestión, pero, a medio camino, como en una mano sostienes el periódico mal doblado, en la otra, el papelucho, y llevas colgando una cartera con un ordenador o cualquier otro cacharro, una ráfaga te libera de la pesadez, pero, al mismo tiempo, te vuelve el periódico del revés y estás en un tris de ensuciar el pavimento urbano con las malas noticias que lleva dentro. Quien quiera que sea la lumbrera o grupo de lumbreras que tomara la decisión de encartar el dichoso papelucho en las páginas centrales del diario, puede estar seguro de que, en mi, ha causado el efecto contrario del que buscaba. De paso, me lo pensaré muy mucho la próxima vez que se me ocurra invertir un euro y pico en la compra de un producto cuya generación requiere la muerte de esos seres vivos, los árboles, que cuando están vivos, tanto hacen por que continuemos respirando. ¿Saben ustedes, en realidad, por qué compro el periódico? Se lo diré. Por los chistes. Son lo mejor. De lejos.
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