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viernes, 26 de julio de 2013
UPyD, dechado de positividad
2012-11-16
Así me gusta : un mensaje bien positivo es siempre la clave de cualquier campaña. Ellos prefieren ser dependientes de lo que sea.
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10151220604814651&set=a.10151106606194651.461557.535884650&type=1&relevant_count=1
viernes, 4 de marzo de 2011
Sociedad del espectáculo

Al escuchar unos comentarios de María Dolores de Cospedal sin saber de quién se trataba, me ha dado la impresión de no proceder de alguien dedicado a la política. Más bien parecía una fararandulera mediocre. A muchos políticos les ocurre algo así. Caen de cuatro patas en el chiste fácil de una forma tan estrepitosa que le da a uno vergüenza ajena el verlos. Desde luego, risa no dan. Miedo, por supuesto.
Sin pretender desmerecer a la honrada profesión de la farándula, a la que pertenezco y siempre he respetado, siento que esta actitud se halla en sintonía perfecta con un corrimiento del mundo de la política hacia el acaparamiento de presencia mediática, en nuestros días, un bien intensamente codiciado por todo el mundo.
El fenómeno irá a más. Esa tendencia al alza sólo cambiará, tras un proceso de saturación y cansancio, con la llegada de un nuevo paradigma, quizá al cabo de unos cuantos decenios. Paralelamente, los media habrán sufrido un proceso de democratización profunda. Nada que ver con los Gran Hermano de nuestros días, claro.
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domingo, 23 de agosto de 2009
La música en la radio
Escoge al azar una sintonía en frecuencia Modulada en Barcelona. Tienes una probabilidad de 5/6 de que sea música. Cualquier música, claro : no puedes escoger la música que desees. Es la misma probabilidad de que no te salga la configuración deseada en una tirada de un dado. La probabilidad de que alguien esté hablando es 1/5, la misma de que te salga la configuración deseada en una tirada de un dado. No puedo asegurarlo, pero me temo que la mayoría de los programas dedicados a la música no contienen publicidad. O bien poca, como la COPE. Por qué será? Quién paga esos programas? No se sabe. Por lo tanto, cabe pensar que muchos de ellos no sean otra cosa que publicidad encubierta. En cualquier caso, está visto que esta situación no la cambia la aplicación de derechos de autor. He aquí una nueva razón para ponerlos en cuestión.
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Y con la publicidad en televisión, qué pasa?
Pues eso, que como nos la quitan de las cadenas estatales el año que viene, ahora parece que se estén poniendo las botas. Es de vergüenza la cantidad de anuncios a mitad de los programas. De verdad que la mejor forma de hacernos llegar sus mensajes es embuchárnosla así? Seguro que no crea rechazo? No creo ser distinto de los demás en esto. Reconozco que en otras cosas, sí. No soporto ni informaciones ni retransmisiones deportivas y por eso, en cuanto me las colocan en la pantalla, cambio de cadena. Pero en esto de los anuncios sí me comporto como muchísimos otros : zapping salvaje hasta encontrar cualquier basura que no proponga anuncios anuncios de manera explícita. Cualquier producto que se anuncie por televisión es susceptible de generar rechazo en mi, tan harto estoy de que traten de colarme mensajes que no deseo.
Pero dicen que para las empresas siempre vale la pena anunciarse, porque lo que importa es la distribución masiva de su mensaje publicitario para aumentar la probabilidad de referencia a su producto en caso de que se necesite las funciones que cubre. Es cuestión de fuerza bruta, pues. No les resultaría quizá más rentable, a las empresas y, por sostenibilidad, al mundo, también, desarrollar métodos más sofisticados de información para distribuir los mensajes publictarios sólo entre la población que los necesite? Y si no son capaces por sí mismos, por qué no nos protegen nuestros gobiernos induciendo a actitudes más cívicas a esos comerciantes de ambición desaforada?
Pero dicen que para las empresas siempre vale la pena anunciarse, porque lo que importa es la distribución masiva de su mensaje publicitario para aumentar la probabilidad de referencia a su producto en caso de que se necesite las funciones que cubre. Es cuestión de fuerza bruta, pues. No les resultaría quizá más rentable, a las empresas y, por sostenibilidad, al mundo, también, desarrollar métodos más sofisticados de información para distribuir los mensajes publictarios sólo entre la población que los necesite? Y si no son capaces por sí mismos, por qué no nos protegen nuestros gobiernos induciendo a actitudes más cívicas a esos comerciantes de ambición desaforada?
domingo, 3 de mayo de 2009
Perplejidad y contenidos en los medios de comunicación
Los artículos de los periódicos me ponen medio perplejo. Hoy había uno en el País de un señor, Agustín Fernández Mallo, que, en pleno debate sobre la reducción de la publicidad en televisión, defendía la clásica argumentación de que la publicidad es fantástica, que recoge lo mejor de la creación contemporánea. Daba cantidad de referencias para justificarse. Pero el problema no está en lo buena o lo mala que sea formalmente la publicidad. La cuestión está en que por muy buena que sea, te la hacen tragar a mitad de un programa que alguien corta sin mirar dónde y en que, quizá peor, te la repiten hasta la saciedad. Una cosa buena repetida varias veces deja de ser buena porque harta. Lo grave de la publicidad es que es un hartazgo. Lo peor, que supone un ataque a la libertad. Más allá de la excelencia del arte de expresar una idea en 20 segundos, conviene poner de manifiesto el hecho de que la probabilidad de que abras la tele y te encuentres un anuncio raya en lo vergonzoso. Si tan buena es, que la incluyan en la programación, sin cortar programas y que se haga público cuándo vaya a salir. A ver a qué niveles llega la audiencia en esos espacios de programación. Y al hilo de la argumentación de las consideraciones acerca de los mejores cocineros del mundo, ¿cómo no va a estar lo mejorcito de la creación en la publicidad si es un terreno donde se invierte lo que se invierte? Si se invirtiera más en otros productos menos interesados, quizá también fueran mejores, ¿no? El problema general no es la calidad de los productos sino qué productos son los que merecen inversión de energía y cuáles no.
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martes, 10 de febrero de 2009
Sobre la publicidad encartada en los periódicos
Compras el periódico en el quiosco porque haces un trayecto de metro largo. De esa forma aprovechas el tiempo, ya que luego, cuando al llegar al despacho te sientas al ordenador, deberías hacer otras cosas. Así que, al entrar en el vagón, medio sofocado, si tienes suerte, te sientas. Vas siempre cargado con algo, así que, si no fuera porque te interesa verdaderamente saber qué pasó mientras dormías, el periódico, de dimensiones algo incómodas, sería un engorro. A pesar del incordio, haces un esfuerzo por abrirlo y das inicio a la lectura. Las noticias, de por sí, ya no son demasiado buenas, porque la prensa tiende a contar más los desastres que las cosas positivas. En realidad, no sé por qué tengo ganas de entrentarme a ese mar de horrores cada mañana. Por otra parte, los artículos de fondo acostumbran a tratar temas demasiado mundanos para mi, generalmente relacionados con la política, que parece que encandila al respetable, pero cuando tocan mi especialidad, la música, me da la impresión de que el articulista no tiene ni idea de lo que habla. Salvo honrosas y escasísimas excepciones, sea cual sea el tema, música o cuaquier otra cosa, piensas que cualquiera podía haber escrito aquello. Pero en fin, haces el esfuerzo de la lectura para estar al día de lo que pasa a la gente, de lo que piensa, de cómo es. De como somos, en fin. Es un acto de disciplina que hago muy a gusto. En principio. El problema se manifiesta cuando del interior del periódico surge un folleto de propaganda que no te interesa nada, pero que estás obligado a mantener contigo, porque no vas a dejarlo tirado por ahi, en algún asiento o, peor, por el suelo. No te queda más remedio que quedártelo con la esperanza de que al salir del coche se te aparezca una bentita papelera donde echarlo. Pero no. No hay muchas papeleras en el metro ; además, si vas leyendo, no las ves. Por eso, continuas el trayecto con el papelucho colgando, no sin dejar de sentir el incordio que te impide leer tranquilamente ni de pensar en lo que le acostumbraría a pasar por la cabeza al genio que ideó la campaña publicitaria en cuestión. Por fin sales a la calle. Hace viento. Ves la papelera un poco lejos, pero modificas tu ruta para deshacerte del muerto en cuestión, pero, a medio camino, como en una mano sostienes el periódico mal doblado, en la otra, el papelucho, y llevas colgando una cartera con un ordenador o cualquier otro cacharro, una ráfaga te libera de la pesadez, pero, al mismo tiempo, te vuelve el periódico del revés y estás en un tris de ensuciar el pavimento urbano con las malas noticias que lleva dentro. Quien quiera que sea la lumbrera o grupo de lumbreras que tomara la decisión de encartar el dichoso papelucho en las páginas centrales del diario, puede estar seguro de que, en mi, ha causado el efecto contrario del que buscaba. De paso, me lo pensaré muy mucho la próxima vez que se me ocurra invertir un euro y pico en la compra de un producto cuya generación requiere la muerte de esos seres vivos, los árboles, que cuando están vivos, tanto hacen por que continuemos respirando. ¿Saben ustedes, en realidad, por qué compro el periódico? Se lo diré. Por los chistes. Son lo mejor. De lejos.
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